Por: Julio Torres.
Durante los años ochentas mucha gente
resultó totalmente dañada en su patrimonio porque carecía de una cultura del
seguro, no se alcanzaba a imaginar un terremoto de la magnitud como el ocurrido
en 1985, no puedo ni siquiera hablar de quienes perdieron la vida en aquella
mañana trágica para la ciudad de México.
Recuerdo comentarios de personas que se
dedicaban en ese tiempo a la venta de seguros o que de alguna manera estaban
involucrados con compañías de seguros, cuando comentaban que durante mucho
tiempo ofrecieron a sus clientes un seguro de daños contra temblores o
terremotos.
Nadie imaginaba que en la ciudad de
México pudiera ocurrir un terremoto mayor a los ocho grados, pues en la
historia de la ciudad nunca había ocurrido algo de esa magnitud y las
probabilidades de una tragedia así estaban lejanas o simplemente no existían
datos que arrojaran estadística alguna que obligara a tomar esa prevención.
Como dicen por allí, nunca antes había
ocurrido algo así, de manera que no existía la menor posibilidad de que eso
ocurriera, de tal suerte que consideraban que sería un dinero tirado a la
basura pues en los próximos 20 o 30 años no podía ocurrir, conforme a las
estadísticas.
Debemos entender que las catástrofes no
tienen palabra de honor y que simplemente si no existen datos estadísticos que
indiquen peligro tan cruel, pues no hay necesidad de invertir en un seguro que
cubra el renglón terremoto, si nunca ha sucedido.
El seguro es como la vacuna que se aplica
a los niños en los primeros meses de su vida, se aplica dicha vacuna sin la
certeza de que pueda presentar los síntomas de esas enfermedades, que no les
permitía vivir más allá de los tres años hasta hace unas décadas, en los años
cuarentas y cincuentas del siglo pasado.
A la fecha se ha sofisticado el programa
de vacunas sobre todo a los niños, porque ya se tiene una estadística más
confiable de las posibilidades que existen, un niño en los primeros meses de
vida puede presentar enfermedades que solo la vacuna puede evitar.
Con el seguro, sobre todo de daños ocurre
lo mismo, parece dinero tirado a la basura porque un terremoto de la magnitud
de 1985, parece imposible y tal vez haya que estar pagando una “prima” durante
20 o 30 años o quizás más y nada va a ocurrir, esa puede ser mi defensa para no
adquirir un seguro contra terremoto.
No olvidemos que el contrato de seguro es
un contrato de buena fe, y que ambos, asegurado y asegurador están apostando de
manera simbólica, que no va a ocurrir nada y por parte del asegurado que sí va
a ocurrir algo, pero entonces, ¿Quién tiene la razón? El asegurado o el asegurador, sinceramente yo no esperaría
a ver quien tiene dicha razón, si mis bienes son cuantiosos, creo que no
esperaría a ver quien tiene la razón.
Cuanta gente tiene crédito hipotecario a
treinta años y no sabe si alguna compañía de seguros está amparando su
patrimonio, porque ante un terremoto pudiera el gobierno hacerse cargo de la
indemnización, pero eso es solo una posibilidad, pudiera ocurrir que el
gobernante en turno eludiera esa responsabilidad con cualquier argumento.
Como alguien dijo por allí hace algunos
años: “El papelito es el que habla” si existe un seguro no hay manera de que la
aseguradora pueda eludir una responsabilidad, porque existe un papelito llamado
póliza y ello está respaldado por instituciones perfectamente establecidas, que
fungen como árbitros en el proceso de indemnización.
Quiero dejar una moraleja con este
asunto, es muy importante la educación o la culturización en el tema del
contrato de seguro, solo piense de esta forma: Es mejor contar con un seguro
con la esperanza de nunca utilizarlo, que no contratarlo. Ante un siniestro,
por lo menos se recupera un buen porcentaje de la pérdida.
En el siguiente artículo hablaremos un
poco sobre el seguro médico, hasta la próxima.
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