martes, 20 de noviembre de 2012

Libertad infantil, libertad de imaginar

Si sirves, si sirves

Por: Julio Torres.
No tengo noticias de si algún lector ha experimentado la curiosidad de lo que pasaría si en este momento por algún método desconocido existiera la oportunidad de regresar a los primeros años de su vida, claro, con las limitantes que una edad de tres años implica, pero con la experiencia actual sin tocar para nada el nivel académico.
Reconozco que esta idea es un tanto utópica, pero en este momento trataré de hacer una retrospectiva hasta mis tres años, tal vez no recuerde a detalle mi caminar por este mundo, pero si están guardados muchos recuerdos hermosos de ese tiempo que ahora describiré:
En el pueblo que nací hace muchos años, existía un tranvía que funcionaba con el tiro de dos o cuatro “mulitas” y experimentaba una gran velocidad que hoy entiendo no debió ser mucha pero representaba mucha alegría el ver como dicho tranvía se desplazaba alegremente en las vías a lo largo de tres kilómetros entre mi pueblo y el pueblo vecino, ambos maravillosos.
Como mi mamá quedó viuda cuando yo nací, entiendo que me fue entregado un gran paquete de ternura que quizás “robé” a mis hermanos, pero a esa edad no era capaz de comprender el privilegio de ser el más chico de la familia y por ende, el que acaparaba miradas.
Dentro de esa corta edad se me ocurrió reproducir el tranvía pero de manera tridimensional y pedí a mamá consiguiera una hoja de cartón que recortándola de manera inteligente se podrían pegar las partes con pegamento casero hecho de harina hasta lograr la reproducción a escala de ese maravilloso tranvía, donde además el proyecto exigió la escultura de las “mulas” que debían mover el transporte.
Recuerdo que en mi mente estaba grabado con lujo de detalles cada rincón del tranvía, con los asientos, estribos y mecanismos de mando, cada vez que pedía a mamá hacer el viaje era porque necesitaba revisar cada detalle y que se grabara indeleblemente en mi memoria.
Después de muchos viajes, logré hacer un mapa imaginario de lo que había de trazar en cada una de las partes, recuerdo que no hubo grandes problemas, el conflicto se produjo al tratar de trazar las figuras de las mulas de arrastre y estuve a punto de abandonar el proyecto pero, mi mamá con habilidad sacada de no se donde, logró que mi idea se realizara satisfactoriamente.
Cuando le dimos movimiento a ese tranvía creo que también mi mamá brincó gustosa de ver el proyecto terminado y ambos nos felicitamos por el resultado obtenido, no recuerdo si mis hermanos nos felicitaron, esos protocolos no estaban en mi archivo personal, pero no importaba, mamá y yo habíamos hecho realidad algo que nació en mi imaginación.
Ahora comprendo que mamá simplemente creyó en mi libertad de imaginar, tal vez la sorprendí al imaginar proyecto tan ambicioso a mis tres años, lo verdaderamente importante es que creyó en mi; pudiera ser que esa experiencia me haya marcado desde niño con la obligación de creer en todo lo que la imaginación me dicta, a lo largo de mi vida simplemente he imaginado y después lo realizo.
Comprendo ahora que lo sucedido no es otra cosa que la libertad infantil que a diario practica la libertad de imaginar y cuantas veces no nos detenemos a pensar que nuestros hijo imaginan siempre, que a cada momento están creando cosas y cuantas veces también despreciamos esas señales con la justificación de que estamos muy ocupados.
Amigo lector o amiga lectora, traten de escuchar a sus hijos, en verdad, todo el tiempo están imaginando, todo el tiempo están creando soluciones, inclusive creaciones que los adultos desechamos por el simple hecho de que a nosotros no se nos ha ocurrido, o como declaro arriba: Porque “estamos muy ocupados” observemos mejor la libertad infantil, la libertad de crear y si es posible, regresemos a los tres años de edad, volviendo a ser libres, la libertad es creatividad, la libertad soluciona todos los problemas, sin libertad nos convertimos en esclavos.
Tratemos de comprender lo que es ser libre, desde la primera edad.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Los tres, los cinco y los siete años

Si sirves, si sirves

Por: Julio Torres.
Tres, cinco y siete años de edad en un niño pudiéramos decir que es uno de los procesos más hermosos que la vida nos presenta, el niño de tres años nos sorprende con una serie de preguntas que muchas veces no sabemos como contestar y todo porque nos olvidamos muy pronto de nuestra infancia, como si esa fuera una condición humana inapelable.
¿Por qué se hace de noche papá? Creo que todo papá se ha encontrado con esa pregunta y la dificultad de emitir una respuesta convincente que espera el niño, y sucede que en realidad el niño de tres años solo espera una respuesta cualquiera, pues todavía se encuentra en una etapa en la que muy poco le importa el comportamiento del sistema planetario.
Así como pregunta por el día y la noche, lo puede hacer con la causa de la lluvia, el viento o de cualquier fenómeno que pueda apreciar, pues su prioridad es saber de todo lo que está conociendo, de todo lo que su medio ambiente le presenta ante sus ojos y sencillamente es que está aprendiendo sobre lo que la vida le presenta.
Muy bien podemos calificar la actitud de un niño de estas características como la duda que la vida presenta, hasta podemos llamarle duda filosófica, porque nada impide cuestionar, nada impide preguntarse tal o cual cosa y no se trata de que el papá se convierta en un maestro, ya que el mismo niño va a encontrar las respuestas adecuadas y todas ellas conforme a su edad y conforme  la manera como dicho niño ve el mundo que le rodea, el mundo que está descubriendo.
A medida que los días se acumulan en la vida de ese niño, es claro que las preguntas van cambiando, pero es él quien sistemáticamente encontrará las respuestas que considere adecuadas, creo que vale la pena analizar cada una de las preguntas que un niño de estas características nos presenta y tal vez con ello logremos regresar a nuestra infancia como medida de aprendizaje y evolución personal.
Los años pasan y a la altura de los cinco años el mismo niño va comprendiendo que posee una inteligencia pues ya no solo pregunta la causa de la noche, su inteligencia le indica que existen otros caminos que le permitirán descubrir de que se trata eso del día y de la noche, aunque no lo comprenda totalmente, su propia curiosidad le conduce a los caminos adecuados que le permitirán conocer más.
Curiosamente descubre que de alguna manera cuenta con el valor necesario y se atreve a hacer cosas que antes temía realizar, quizás intuitivamente acepta que su comportamiento debe ser con determinadas reglas que más adelante reconocerá como sistemas rectos de comportamiento y con la prudencia necesaria que le permitirá hacer las cosas con los mecanismos establecidos que propician un comportamiento adecuado en la sociedad.
Comprende además el concepto “ayuda” que en términos generales calificamos como filantropía, ahora entiende que es un deber humano ayudar a sus semejantes, con los errores que implica la edad, pero eso será el principio del camino hacia la comprensión de lo que dicta nuestra especie, ahora conocerá  las normas de conducta que exige el vivir en sociedad.
Se comprende entonces que el niño en cuestión ya está transitando en el nivel de los cinco años de edad, pero su curiosidad afortunadamente no termina,  y es esa curiosidad la que lo conduce a mayores descubrimientos, pero esta vez, con argumentos más precisos, tratando de encontrar la mejor respuesta a la duda que le invade.
Ahora ese niño que se preguntaba lo que causaba el día y la noche ha crecido en edad pero también ha aprendido muchas cosas y todas ellas necesarias en el proceso de su vida, tal vez todavía son pocos años, siete y no más, que se consideran la puerta de ingreso a la valiosa juventud que solo ocurre una  vez y nunca más regresará, lo cual nos obliga a trabajar con inteligencia y rectitud en la educación de nuestros niños, porque en esos tres, cinco y siete años es donde se forja el buen ciudadano, el buen hombre o mujer que continuará la obra de nuestros ancestros, con el valor, la prudencia y la filantropía necesarios de todo buen ciudadano.
Bien podemos afirmar que lo escrito es el principio del gran reto para todo ser humano como lo es el conocerse a sí mismo y cuando se logra, el triunfo se torna cotidiano.